En un número significativo de colisiones, hemos encontrado que la mayoría de los navegantes no reducen la velocidad para evitar una colisión. Tienen prisa por alcanzar la velocidad del mar después de dejar caer al piloto saliente o son reacios a tocar el telégrafo para reducir la velocidad cuando navegan en zonas de alta densidad de tráfico.

Esta reticencia puede deberse a muchas razones, como las presiones comerciales para que se mantenga la ETA, las mareas que hay que capturar, el temor de que el motor sufra daños, las sanciones por llegar tarde y el mantenimiento del rendimiento del buque en términos de consumo de velocidad.

Sean cuales sean las razones, una reducción de la velocidad tiene sus ventajas. No sólo permite al navegante disponer de más tiempo para evaluar la situación, sino que también en el caso desafortunado de una colisión, los daños resultantes serían mucho menos graves para ambos buques. Además, los pedidos de timón duro sin reducir la velocidad pueden provocar grandes sobrevuelos que pueden llegar a ser difíciles de controlar.

Por Gard